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Avatar de jesus   jesus   01/05/2011 a las 19:05
Un poco de sábado, un mucho de nada
Foto: Un poco de sábado, un mucho de nada Ayer fue sábado, ¡oh, gran acontecimiento! Además, fue sábado de ésos en los que se sale, o sea, sábado como se entiende en España.

En realidad, la cosa es así: en España, acostumbraba a ir a conciertos y/o jam sessions de jazz todas las semanas, una o dos veces, las que pudiera. Y desde que salí de viaje hace casi un año, creo que he visto un total de... dos. Así que este sábado pensé: "qué narices, a ver si puedo al menos tirar unas pocas fotos de concierto", y me llevé a Sophia para el Sappho. Bueno, más bien ella me llevó a mí en su scooter, pero eso son cuestiones técnicas sin importancia.

Una vez en el Sappho, nos damos cuenta de que no hay jazz.

Nos vamos a otro garito. No hay jazz, pero sí una banda que a ratos toca rock, a ratos un pop veraniego que da asco.

Nos vamos a otro garito, el Carnegie's, donde no hay jazz, sino putamierdademúsica a todo volumen y un ambiente de fiesta superficial que odio. Y lo peor: nos quedamos acá (habíamos quedado con una chica de Couch Surfing que me llevaba unos días diciendo de salir por ahí, y tampoco era plan de largarse a casa).

El garito en sí es el típico local de Huertas (Madrid), con música estúpida a más no poder, y altavoces a reventar. Enseguida se me alargó la cara. Ni siquiera las cachondas facilonas y que enseñan bastante, por las que es conocido el local, me parecían suificientemente interesantes. Empecé a sentir que estaba tirando tiempo y dinero. Literalmente. Para colmo de males, la música estaba tan alta que no se podía hablar, y como Sophia estaba más ceca, y hablaban el mismo idioma, se puede decir que me quedé excluído de la conversación que mantuvieron la chica de CS y Sophia. A mí me dio por sacar algunas fotos, y pensar.

Qué mierdas es todo esto. Vamos a sitios estúpidos a gastar dinero y más dinero en cosas que valen infinitamente menos, mientras unas furcias pagadas por el bar intentan calentarnos las pollas. Un montón de cuarentones y cincuentones mueven sus carnes entre las frescas (carnes) que les rodean, mientras beben y beben, y vuelven a beber. De repente, me acuerdo, no sé por qué, de cuando quedé con un filipino en Manila, el último día, para "desayunar" en el hotel Hyatt. El tema es que es un buen chaval que conocí en Taipei, y fue a desayunar a dicho hotel con los sobrinitos. Y estaban a dos minutos andando desde mi cutrehotel. Una vez allá fui tentado por el diablo del consumismo, y caí el las garras del bufet libre. Si bien el resto de los días más o menos gasté entre medio y dos euros por comida, ese día me dejé 15. Suena barato, y lo es si consideramos el nivel del sitio (aparte, en realidad pagué la mitad porque mi amigo tenía descuento del 50%). Comí a reventar. Y mientras comía, miraba a mi alrededor.

Y a mi alrededor había un montón de gente ligera o francamente obsesa, con caras rechonchas de felicidad (o sucedáneo), que disfrutaban de su opulencia llenando un estómago que algún día reventaría, como ya ocurriera en los Monty Python y como aquel día en mi propia imaginación.

¿Para qué mierdas comemos tanto? ¿por qué mierdas bebemos tanto? ¿para qué compramos sin parar productos que en menos de un año sustituiremos por otros "mejores"? ¿necesitamos realmente tanta mierda para ser felices?

Mientras llenaba mi estómago, mi pobre estómago que se ha ido encogiendo y encogiendo estos últimos años y sobre todo en Asia, a base de obligarlo a comer sólo lo estrictamente necesario, pensaba en las decenas y decenas de raquítisimas presencias que apenas pululaban, o más bien se dejaban caer, por las calles, a menos de 30 segundos a pie desde la puerta del flamante hotel. De repente, quise llenar un tupperware con comida y llevársela algún o algunos mendigos de la calle. Pero no podía ser: buffet libre, pero nada de llenarse los bolsillos: sólo desfondar el estómago.

Pensé entonces en llevar, en traer, a algún mendigo afortunado al hotel, e invitarle al buffet. Pero no. Sé que moriría de un infarto si viera cómo comen algunas personas, hasta reventar. Bien, no quiero ser demagogo, y no pienso decir que si unos comen mucho otros no comerán nada, pero, da que pensar. Qué mal distribuídas las cosas, qué cerquita unos de otros, y qué indiferencia la de los unos. Cuánta comida, a qué precios, cuando esnobismo, y cuánta miseria a un tiro de piedra.

Me serví otro plato más de sushi variado, dejé al cocinero mi selección de champiñones, atún fresco, soja y otras cosas indescriptibles para que me lo pasaran a la plancha y regaran con salsa picante y dulce, y volví a la mesa, con cierta inquietud. Quería traer a un mendigo acá.

Quizás la próxima vez. Quiero ver qué dicen en la puerta, quiero que se jodan esos que disfrutan de sus lujos exclusivos y... excluyentes. Pero creo que el "afortunado" sufriría un shock irreparable.

Volviendo al sábado; filipinas queda ya lejos, pero sigo teniendo la sensación de que vivimos con demasiadas cosas, gastamos demasiado, nos cebamos demasiado (mucho más alla de lo sano y razonable), y que cuando salgo un sábado pierdo el tiempo y el dinero.

Si al menos pudiera alimentar mi espíritu con las cabriolas, los sube y baja, y las risas del jazz, merecería la pena salir por la puerta, cámara en mano.

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